Y así es mi sueño la raíz de todo el mal que emerge por la cabeza, que sacude mis pulmones que me visita por las noches.
Encuentro solución en la cerveza que me quita la obligación de estar alerta, me devuelve ese vacío que tenía antes... antes de empacharme de trozos de mundo contigo.
Y así es mi miedo, a perder los raíles de mi vida con días de gloria y noches de pesadilla miedo... a ver cómo sin yo hacer nada controlas por completo la mía.
En verdad os digo que se vive bien teniendo el cielo bajo mis pies.
Oigo los pájaros que pían sin parar, Me refugio en sus alas que me miman cuando la luna no está.
Me lío a veces con el sol, mi idealizada estrella, de celos las nubes sufren incontinencias, en ese momento me asomo entre ellas y vislumbro la tormenta. No me afecta.
Mi único enemigo es el huracán, cada vez que me ve sopla: este no es tu lugar, (o en vuestro idioma: bienvenida a la realidad) me traga y me escupe destrozada a la tierra,
Desde ella miro al sol, parece feliz, pero... no me voy a perder a tal pivón me concentro y le digo -No queda mucho para subirme allá arriba contigo.
Por este DETALLAZO gracias, y también por la explicación siguiente.
La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.
Durante las tardes vagaba la tortuga. Día a día veía al sol ponerse.
Buscaba el mejor atardecer, el más bello el más genial.
en el atardecer ella se quedaba quieta, por primera vez era el sol quien hablaba por ella, ella era radiante, ella era tierna ella era romántica, ella era la estrella.
Y una tarde, precisamente hoy, subió al prado se detuvo en medio de una montaña y esperó aquel momento tan esperado mientras escribía:
Estoy en medio del campo, cerca de casa, cerca de la nada.
Por detrás la carretera en frente el atardecer
Aquí sentada entiendo que soy pequeña, un puntito en el horizonte que me enseña que hay cientos de mundos en los que escoger.
Comprendo desde aquí que siempre seré yo quien diga qué y quién debo ser.
El momento llegó, la metamorfosis de la tortuga fue la misma de siempre.
Después de haberse ido el sol pensó y se dijo: -Definitivamente el atardecer más cutre que he visto. De pronto a su espalda, más allá de la carretera, se oyeron ruidos, ella se dio la vuelta miró con ojos curiosos, en el otro lado del cielo se veían fuegos artficiales, de mil colores, ya los había visto antes, pero fueron tan inesperados...
-El atardecer más cutre y especial que he visto en mi vida.
Tras esta tarde la tortuga se dio cuenta de algo que ya sabía:
-A veces lo que buscas está tan cerca que cuesta verlo.